viernes, 4 de febrero de 2011

QUEDA LA NIEVE. PARTE III


Todo se enredó sin que nadie, y mucho menos Gabriela supiera cómo había sido. Todo el mundo tomó partido, unos por convicción y otros a la fuerza. Al principio, las nanas fueron sustituidas por canciones que decían algo así como A las barricadas o Ay Carmela, pero poco tiempo después, la guerra fue haciendo de las almas pasas arrugadas envueltas en corcho empeñado en no sentir. Las nanas se ahogaron en las gargantas, y el Ay Carmela, y las barricadas cayeron a fuerza de cañonazos. Y cuando los que no iban a pasar pasaron y se quedaron, Gabriela, Vicente y su hija compraron pasaportes falsos y se subieron a un coche negro como una película de misterio. Antes, Gabriela y Adela habían llorado abrazadas, habían jurado escribirse y habían jurado mandarse libros y felicitarse los cumpleaños y cerrar los ojos cada noche antes de dormirse y cantar una nana en susurros que el aire llevaría hasta donde estuviera la otra. Todo eso juraron y todo eso cumplieron hasta que muchos años después pudieron verse.


Vicente tenía amigos en Ginebra que le prometieron trabajo, casa y ayuda y allí se detuvo el coche negro como una película de misterio. De allí bajaron con olor de exiliados Gabriela, Vicente y mi madre, que entonces , como todos ya sabréis, no era mi madre sino una niña asustada y constipada. Nada más instalarse, Gabriela se enfrascó en la ardua tarea de aprender francés y lo consiguió. Para practicar el francés escrito, decidió hacer una reflexión de todas las cosas que había vivido y una lista con las dudas y reproches que debía hacerle a Dios cuando se fuera al cielo. Estaba enfrascada en ello cuando una mañana de noviembre el cielo se puso de un color gris blanquecino . Y de repente, en medio del silencio más absoluto comenzaron a caer copos de nieve. Gabriela no había visto la nieve en su vida. Sólo había conocido el sol caribeño y el sol mediterráneo, el calor del trópico y la luz de Valencia, por eso, corrió hasta la calle y cogió algunos copos de nieve que se le deshicieron en las manos y se las congelaron y decidió dar carpetazo a su tristeza de exiliada. Decidió que ya estaba bueno de tanta lágrima nostálgica de sol. Esto era lo que era y esto era lo que había. Y la podían privar del sol y la podía privar del olor de azahar porque ahora había descubierto la belleza oculta de la gélida Ginebra. Y cantando un son cubano mezclado a ratos con pasodoble fue a comprarse una máquina de escribir. Cuando llegó a casa le puso un papel como buenamente supo y pinchando las teclas como el que pincha aceitunas marcó en el papel : Queda la nieve.

Mi abuela había decidido escribir una novela. Pero como sabía que de novelistas viven muy pocos, decidió que ella también quería ser independiente como esas mujeres que contaba Adela, y le dijo a mi abuelo de montar en un cuadrado muy pequeño que un amigo le había propuesto alquilar, una librería. Así, entre olor a papel y sonido monótono de máquina de escribir, mi abuela se adaptó a Ginebra, a su frío, a su lago y a la seriedad de sus gentes . Pero no olvidó ni por un momento todo lo que traía de Cuba y todo lo que había aprendido y visto en Valencia. Así que muchas veces, cuando entraba en la tienda el posible cliente se encontraba con una mujer de piel de chocolate que siempre sonreía con ojos pícaros y boca sensual, que desprendía calidez de trópico y olor a cacao mezclado con azahar. Como un tucán que trae olores de la selva y colores del paraíso.

Y volvieron otra vez los días del ensueño. La tranquilidad se reinstaló en las vidas de Vicente y Gabriela mientras mi madre, que por cierto, no sé si he dicho que se llamaba Adela como la tía de valencia, crecía entre sones cubanos, rumbas, tangos, nanas, polkas, pasodobles, entre libros de poemas y novelas policíacas, románticas, de misterio, de crecimiento interior , entre humeantes chocolate suizos y cálidas manzanillas invernales. Pero nada de todo esto llegó a rozar ni el más pequeño poro de su piel. Se convirtió en una adolescente seria, fría y distante con el único objetivo en la vida de llegar a ser funcionaria. Gabriela hubiera querido que se hiciera hippie, que corriera el mundo con una mochila en la espalda y levantara los adoquines para encontrar arena de playa , que persiguiera a los Rollings stones y se enamorara de un rubio hoy y de un moreno mañana, pero no. Mi madre, Adela, que de española sólo tenía el nombre y de suiza todo lo demás, sólo se enamoró de mi padre, se casó después de un noviazgo largo en medio del cual aprobó las oposiciones que la convertían en funcionaria y me tuvo a mí una tarde de agosto .

( fotografías extraídas de Internet)

miércoles, 2 de febrero de 2011

QUEDA LA NIEVE.PARTE II

( Imagen extraída del blog eljardindemiduende.blogspot.com)

En el fondo, nadie en la familia nos creíamos esta historia. Pero como Gabriela la contaba una y otra vez añadiendo olores, sabores, sentimientos, vivencias y siempre la terminaba cantando con toda su fuerza, que no era poca, ese tango que según ella bailó con mi abuelo y que marcó un antes y un después en su vida, terminamos todos por querer creer qu había sido verdad. Lo único cierto de todo esto fue que Vicente y Gabriela desembarcaron una mañana de abril en el puerto de Valencia y ella buscó desesperadamente un rayito de sol, un azul de mar transparente, un algo a lo que agarrarse y en lo que consolarse. Pero tan grande era la pena que no fue capaz de ver una sola palmera ni notar en el aire el suave y dulce olor a azahar. Gabriela no estaba triste por haber dejado La Habana, porque ella quería dejar Cuba desde bien pequeña. Mi abuela sentía un peso que le atravesaba de parte a parte y casi la doblaba porque en cuanto el barco soltó amarras , mi abuelo le habló claro : “ Mira Gabriela, mejor que sepas la verdad por mi parte que te enteres por otros. Yo no estoy enamorado de ti. Mis padres son los dueños de muchos arrozales y campos de naranjos de Valencia y querían casarme con la hija de otros dueños de arrozales y campos de naranjos y a mí no me daba la gana de casarme con ésa. Tú me dijiste que querías salir de La Habana, que Cuba te asfixiaba, que cada mañana lanzabas una botella al mar y dentro un mensaje que ponía socorro. Pues ya estás fuera de La Habana. Los dos hemos conseguido lo que queríamos. El nuestro es un matrimonio de conveniencia.”


Y así , Gabriela bajó del barco aquel día de abril con el corazón encogido y tarareando un tango triste que hablaba de corazones desgarrados. Pero no se consintió mucho más tiempo de dolor. Había salido de Cuba. Había desembarcado en una tierra de sol ¿ qué más quería?. Y cuando al andar por la calle moviendo sus caderas con su piel de chocolate la gente se giraba a mirarla, se negó a pensar que era por racismo y se convenció de que la miraban porque era el ser más bello y más exótico que habían visto aquellas gentes. Como un tucán que trae olores de la selva y colores del paraíso.

Mi abuelo y mi abuela nunca fueron realmente un matrimonio, pero donde no nació el amor nació una amistad inquebrantable , un lazo de apoyo mutuo y cariño que se han llevado los dos allá donde nos vamos cuando acabamos nuestro viaje en la Tierra. Quizá por eso, Gabriela se empapó hasta el tuétano de lo huesos de las ideas republicanas de Vicente y corrió con él arriba y abajo por los agitados años de la Segunda República. Allí, en aquel tiempo, en aquellas reuniones, entre aquella agitación, mi abuela encontró a la maestra que sería su pigmalión y que le trazaría , sin ella saberlo, las líneas de su destino. Se llamaba Adela y era, como he dicho, o si se me ha olvidado lo diré ahora, maestra de escuela. Adela enseñó a mi abuela a leer y a escribir, a descubrir el apasionante mundo de las letras y a leer también entre las líneas . Juntas buscaron cachitos de Cuba en la brisa de Valencia y juntas se aliaron en el pensamiento de un feminismo que si ya no andaba en pañales todavía comía papilla. Así, cuando una noche de luna llena nació mi madre, Adela le susurró bajito a la bebé que algún día, ella iría a la universidad y se haría médico, o arquitecto, y no andaría por ahí buscando partidos para casarse y que la mantuvieran. Le dijo que ella sería fuerte como los robles y no florecilla ni bella durmiente y le dijo que si no hacía todo eso y se quedaba en la tontuna de casarse y tener niños y ser ángel del hogar, allí estaban su madre y ella, la tía Adela, para darle un buen azote en las costillas y enderezarle el camino y los pensamientos.Y por un tiempo, la banda sonora de mi abuela fueron las nanas. Canciones que ella se inventaba con ritmo de son cubano. Pero el tiempo de los sueños y de los ideales acabó pronto y con una fecha concreta. El 18 de julio de 1936.

martes, 1 de febrero de 2011

QUEDA LA NIEVE. PARTE I

Espero que os guste este relato "corto" que escribí hace algún tiempo. Considero que es un poco largo para publicarlo todo entero en una entrada, así que lo he dividido en dos  o quizá tres partes.
Antes que nada quiero hacer alguna aclaración porque muchas personas que lo leen me hacen las mismas preguntas: aunque el relato está narrado en primera persona NO es autobiográfico, y ninguna de mis dos abuelas verdaderas fue cubana.
Dicho lo cual espero y deseo haceros disfrutar mínimamente con este relato.

QUEDA LA NIEVE

Mi abuela se llamaba Gabriela y tenía la piel achocolatada. ¿ Que cómo es la piel achocolatada? Pues del color del chocolate, pero del chocolate mezclado con leche y alguna que otra almendra. Era cubana y tenía en sus caderas toda la exuberancia del Caribe y en sus labios todo el descaro del sol tropical. Todo lo hacía cantando porque decía que la vida tenía banda sonora y que uno de los deberes de los humanos era intentar descubrir qué música era la apropiada para cada momento. Así que ella cantaba cuando mareaba el chocolate humeante y caliente del invierno. Cantaba cuando hacía el allioli que le enseñó a hacer mi abuelo. Cantaba cuando salió de Cuba y cantaba cuando llegó como exiliada a la gélida Ginebra. Pero me estoy adelantando a los hechos y eso no es bueno en los cuentos.

Cómo llegaron a conocerse mi abuelo y mi abuela fue uno de los secretos mejor guardados por ella durante toda su vida. Cuando yo le preguntaba cómo había sido ese encuentro me decía que ella, un día, caminando por La Habana, había sentido una necesidad increíble de gritar, de gritar y de gritar. Pero no gritar cualquier cosa, no, sino de decir muy muy alto ¡Vicente!, que así se llamaba mi abuelo. Y contaba que gritó tanto que Vicente, desde Valencia, la oyó y fue incapaz de esperar un poco para comprar un billete y coger un barco que lo acercaran a Cuba. No. El abuelo, siempre según la abuela, se fue nadando hasta La Habana . Y cuando llegó allí, encontró a Gabriela esperándolo con una falda larga y abierta que le dejaba ver las piernas, un biquini escueto que le tapaba lo esencial de las domingas y una cesta de frutas tropicales en la cabeza. Vicente estaba empapado hasta los huesos de tan húmeda travesía, pero conservaba intacto en su cabeza un sombrero panamá blanco que le hacía juego con su traje también blanco de señorito español. Se miraron. Se gustaron. Y sellaron su unión bailando un tango de Carlos Gardel, que por aquel entonces estaba muy de moda, quizá porque todavía no había cometido el disparate de estrellarse con un avión.

( fotografía extraída de Internet)



martes, 11 de enero de 2011

OTRA VEZ DE VUELTA OTRA VEZ

Volví atravesando los Alpes blancos
que se confundían con el blanco de las nubes.
Un mar de luz . El infinito existe
y está ahí... tan cerca...

Pero antes, los árboles habían tejido su alfombra de hojas alrededor
y dormían. Serenos y pacientes, aceptando el ciclo de la vida.

Hicimos grandes amigos que nos cobijaron y nos dieron calor.

También encontramos frágiles florecillas empeñadas en sobrevivir.

Nos visitó la nieve. Tan silenciosa y enigmática como siempre.
LLegó, dejó su manto, y lentamente se evaporó.

Y mi pequeña Venezia nos estaba esperando. Gris, fría,
bella, melancólica y como siempre, romántica.
Una diva que siempre dejará a sus aguas
subir para acariciarla.

La niebla también vino a saludarnos y extendió su tenue velo
de novia.

Esta es la estación en que nacen las camelias

Aunque siempre hay alguien a quien no le gusta
la Navidad.

Muchas gracias por haberme esperado. Ya estoy aquí
y prometo leeros, contestaros, emocionaros, haceros sonreír
y tenderos una mano .
Gracias por estar ahí.