La lluvia baña
la campana del convento
y la oración,
las piedras de su tiempo
y los graffiti de su muro.
Ideologías impregnadas de gotas.
( Cristina Carrasco)
Imagen: Noemi Villamuza.
A veces hablo de:
Poesía
poemas sin pintalabios
Reflexiones en el diario
Haiku... o como quieras llamarlo
Poetisas
El blog de los lunes
Algunos relatos breves
Libros
Tardes de cine y palomitas
Fotografía
Caminando la plenipausia
Ilustradoras
Tanka o como quieras llamarlo
Soy neurodivergente
Música
Haijines Japonesas ( mujeres japonesas que escriben haiku)
Un año de película OF
jueves, 3 de julio de 2014
La lluvia despliega los aromas del mundo
La lluvia despliega los aromas del mundo
en abanico,
y la mujer de los zapatos sobre grietas
sucumbe fascinada.
Es el agua de su infancia.
La envoltura de su nido.
(Cristina Carrasco)
Imagen: Kati Horna
martes, 24 de junio de 2014
Las mujeres cactus
Las mujeres cactus
tienen mucha agua,
tanta, que a veces se desbordan
y llueven por las espinas.
Entonces toman aliento,
cierran los ojos
y observan cómo crecen
las dunas
y sus flores.
(Cristina Carrasco)
Imagen: Desconozco su autor o autora.
jueves, 19 de junio de 2014
Quise ser
Quise ser
piedra alta, roca dura.
Después, agua.
Y ahora, árbol solitario
que oye los cuentos
de la arena:
" yo fui risco..."
saciando el rocío
las hojas
y la sed.
(Cristina Carrasco)
Imagen: Craig Tracy
domingo, 15 de junio de 2014
15 de junio de 2014
Levantarse pronto para ir a ver el mar. Tren, tranvía y arena. Las nueve y media de la mañana y poca gente saludando al sol, que regala algunos de sus rayos para que el agua brille con lentejuelas.
Comienzo a caminar aprovechando que no hace demasiado calor y que no hay, todavía, demasiadas personas . Y pocos metros después de este comienzo, a mi izquierda, surge un grupo de chicas que van de despedida de soltera. Animadas, alegres, acompañadas por dos fotógrafas profesionales recogiendo para la posteridad esos momentos, poniéndose crema protectora y entre todas ellas, una chica albina se embadurna de crema mientras otra la protege con una sombrilla blanca y coqueta. Esta chica me hace recordar el cuento de La rosa albina , un relato que habla del miedo hacia los y las que son diferentes.
Sigo caminando y otro gran grupo de mujeres, esta vez musulmanas, tapadas de los pies a la cabeza dejando al descubierto sólo la cara. La mayoría viste con prendas vaporosas y los pañuelos en la cabeza son de colores oscuros pero de un gasa muy etérea. Alrededor de ellas, dos o tres carritos de niño. Intento fijarme en sus caras cuidando de no parecer entrometida y me doy cuenta de que la mayoría son muy jóvenes. Unas están sentadas sobre la arena, conversan entre ellas y se sonríen. Parecen felices y serenas.
Un poco más lejos, donde ya no hay pequeños enjambres de familias domingueras, casi en la orilla del mar, una mujer solitaria de cerca de sesenta años (si no los tiene ya o los sobrepasa), delgada, con el pelo blanco por debajo de los pechos y recogido en dos trenzas como una india americana.
No pasa nada, no hay nada que conecte a estos grupos ni a esta mujer entre ellas, salvo un sábado por la mañana de junio en una playa de Valencia con el mar vestido de lentejuelas solares y varias gaviotas plateadas buscando comida.
Parece simple, pero no lo es tanto.
(Cristina Carrasco)
Imagen: Margarita Sikorskaia
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